Reconquistar el amor propio

Igual que no tenemos que hacer nada para ver -solo eliminar las obstrucciones en nuestros ojos-, no tenemos que hacer nada para experimentar amor propio -solo eliminar las obstrucciones de nuestra mente-.


Cuando éramos niños no hacíamos nada en concreto para aceptarnos, amarnos y valorarnos a nosotros mismos. Era algo que ocurría en nosotros de manera natural y espontánea. Sencillamente éramos lo que éramos, y no nos peleábamos con el hecho de ser nosotros mismos. Esto nos sugiere que la aceptación y el amor propio forman parte de nuestra verdadera naturaleza. Surge entonces una interesante pregunta: ¿qué nos ha pasado por el camino para no aceptarnos y amarnos a nosotros mismos?

Cuando somos niños, se nos etiqueta como “buenos” o “malos” en función de si seguimos las directrices que se nos imponen desde fuera. Si lo de fuera está bien (notas escolares, estado anímico de nuestros padres, aprobación de nuestros compañeros, etc.), a nosotros nos irá bien, pero si lo de fuera está mal, a nosotros nos irá mal. Es así como comenzamos a focalizar toda nuestra atención en el exterior, marginando por completo nuestro mundo interior.

De esta manera, asumimos que, “si no recibimos la aprobación de los demás, la vida no nos sonreirá”. Y la verdadera trampa reside en que para recibir esa aprobación teníamos que amoldarnos a un criterio externo y, por lo tanto, no podíamos ser naturales y espontáneos. Es decir, no podíamos ser nosotros mismos. Así es como, a través de la búsqueda de aprobación externa y el miedo al fracaso (o lo que es lo mismo, el miedo a no ser suficientemente buenos para los demás), comenzamos a ser condicionados para ser quienes no somos.

 

¿En qué momento dejamos de decir “yo soy” y comenzamos a decir “yo debería ser”?

JORGE BUCAY 

 

Este auto-abandono se vio a su vez fortalecido por ciertos mensajes que empobrecieron nuestra autoestima: “los niños no entienden de estos temas”, “tienes que hacerme caso”, “no te has portado bien”, “deberías comportarte de este otro modo”, etc. Estos mensajes germinaron en nuestro interior, haciendo que no confiáramos en nosotros mismos. Fueron calando en lo más profundo de nuestro ser y desbarajustando la relación que mantenemos con nosotros mismos. Así comenzamos a sentir que no somos valiosos.

Al llegar a la adolescencia, nuestro autorrechazo había echado raíces. En ese momento, ya habíamos escuchado miles de veces en los anuncios de publicidad que teníamos que ser más altos, más fuertes, rellenar nuestro sujetador, oler de cierta manera (y no como un ser humano), afeitarnos… en definitiva, comenzamos a pensar que había algo malo en nuestro Yo natural, y que por ello teníamos que camuflarlo. Además, de una forma u otra, nos fuimos creyendo la peligrosa creencia de que “amarse a uno mismo es un acto egoísta e indeseable”.

Lo cierto es que no hay nadie a quien culpar. Nuestros padres, amigos, profesores y familiares, así como todos los seres humanos que han influido directa o indirectamente sobre nosotros lo hicieron en todo momento lo mejor que supieron. Sencillamente, como cualquier ser humano, actuaron movidos por sus propias creencias, las cuales provienen a su vez de las generaciones que les educaron. De hecho, es así como se propaga la “plaga” del autorrechazo.

Dicho todo esto, por mucho que en el pasado fueran otros quienes nos anularon, ahora somos nosotros los que nos anulamos a nosotros mismos. Hoy en día somos nosotros quienes alimentamos y mantenemos nuestro autorrechazo, por lo que somos plenamente responsables de cultivar una mejor relación con nosotros mismos, marcada por el amor propio, la aceptación y el deseo de ser lo que verdaderamente somos.

 

“El mundo entero se aparta cuando ve pasar a una persona que sabe hacia dónde va.”
ANTOINE DE SAINT EXUPÉRY

 

En este sentido, amarnos a nosotros mismos consiste esencialmente en dejar de luchar contra lo que somos, haciendo las paces con nuestra existencia tal y como esta es en este preciso instante. Y de igual forma que cuando amamos de verdad a otra persona queremos que sea ella misma y que desarrolle todo su potencial como ser humano, cuando nos amamos a nosotros mismos lo que buscamos es desarrollarnos como lo que verdaderamente somos, pudiendo tener en cuenta las opiniones de los demás, pero sin dejar que estas marquen el rumbo de nuestra existencia.

Amarnos a nosotros mismos pasa a su vez por comprender que nuestro valor como personas no depende de lo que “poseemos”, de lo que “hacemos” ni de la opinión que los demás tengan sobre nosotros, sino de lo que “somos” y del potencial que guardamos en nuestro interior. ¿A acaso no son valiosos los bebés, ellos que no tienen posesiones ni logros y que jamás han luchado por la aprobación de los demás? 

De hecho, lo que “tenemos” y lo que “hacemos” está fuertemente determinado por nuestra autoestima. Si hemos engendrado una mala autoestima, nuestros actos no surgirán desde el amor y la abundancia, sino desde el miedo y el resentimiento, lo cual nos dará peores resultados no solo en nuestro mundo interno, sino también en el mundo externo.

Por añadidura, el amor propio no consiste en enaltecernos frente a los demás, presumiendo de lo maravillosos que somos. Al contrario. Esta actitud neurótica deja de manifiesto un posible complejo de inferioridad. Indica que la persona que la realiza se sigue valorando a sí misma en base a lo que piensen de ella. Por el contrario, amarnos a nosotros mismos significa que nos reconocemos como un ser valioso, pleno y lleno de potencialidades. No hay necesidad de convencer a nadie. Es suficiente con que lo sintamos en lo más profundo de nuestro corazón.

 

La pregunta no es, ¿qué puedo hacer para aceptarme?

sino, ¿qué estoy haciendo para no aceptarme?

 

El amor propio brota de manera natural en nuestro interior cuando dejamos de mirarnos con el criterio que usamos actualmente para rechazarnos. ¿En base a qué no me estoy aceptando? ¿Qué parámetros he tomado para valorarme y decidir que no soy aceptable? ¿Qué criterio he interiorizado para sentenciar que soy “rechazable”? ¿Qué determina que una persona sea aceptable o no? ¿Acaso me sigo mirando como me miraban mis padres cuando no me aprobaban? ¿Me miro con el criterio de los anuncios de la televisión? ¿Me rechazo porque otros me rechazaron en el pasado y comencé a definirme en base a sus opiniones? ¿No me acepto porque he aprendido a pensar que solo seré aceptable cuando consiga esto o aquello?

Los pensamientos que mantenemos con respecto a nosotros mismos (“no soy atractivo porque no soy lo suficientemente alto”, “hasta que no tenga un empleo fijo no mereceré respeto”, “nada de lo que consigo es mérito mío, tan solo tengo suerte”) son a menudo inconscientes. Esto quiere decir que no nos damos cuenta de que los pensamos, pero los pensamos. Es por eso que el amor propio también requiere vigilar nuestro diálogo interno, hablándonos de manera más amable y compasiva (“acabo de pensar que ha sido suerte, pero en realidad he trabajado mucho, así que me permito disfrutar de mis logros”). Así, los pensamientos negativos con los que nos hacíamos daño comienzan a dejar de tener poder sobre nosotros.

De esta manera, cuando eliminamos todos los mecanismos psicológicos que nos llevan a no aceptarnos, la aceptación surge de manera natural. Tal y como sucedía cuando éramos niños libres y espontáneos, rebosantes de amor y ganar de experimentar este sobrecogedor regalo al que llamamos vida.

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